Mitologia

La Era Mítica

En un principio el vacio llenaba el horizonte, el Caos, la oscuridad y el inmovilismo regían las leyes del espacio. Esta quietud fue alterada con la interacción del Chaos y el inmovilismo, surgiendo de dicha interacción Lienaïe,  la magia, la sombra dentro de la oscuridad, la "prima esencia" de la que los dioses forman parte.

De Lienaïe surgió el contenido y el contingente, Ieneïe creó las aguas, y acunó el mundo con su abrazo protector. Taoggie inspirado por el amor que sentía Ieneïe hacia su obra creó el contingente, la tierra, las montañas y los valles a los que Ieneïe se adaptó y así nacieron los ríos y los mares. Habían creado un mundo “perfecto”, estático, imperturbable y artificial. Taoggie y Ieneïe habían volcado su esencia en el mundo, y sin embargo algo le faltaba, los ríos hacía tiempo que habían llegado al mar, la tierra ya no tenía nadie que la acariciase y las aguas quedaron quietas en mares y océanos.

Taoggie y Ieneïe crearon pequeños objetos, cascarones de tierra y barro llenos de agua para insuflarles el movimiento,  sus esfuerzos resultaron inútiles. Pero sus deseos  escuchados,  Padie y Ieago se acercaron a la creación del Contenido y el Contingente y aportaron su esencia, la Vida y el Movimiento. Iegao sopló los cascarones que poblaban la tierra y les dio movimiento, creo las lluvias para que las aguas volvieran al monte, los vientos y las corrientes.  Padie puso a los objetos nombre y la posibilidad de que entre ellos pudieran crear a otros a su semejanza, después danzó por toda la faz del Mundo y creció a su alrededor la vegetación. La tierra se cubrió primero de helechos y después de arboles perennes, el mar, de algas y corales.

Ahora sí, parecía perfecto su Mundo, girando en una vuelta eterna, pero con el paso del tiempo aprendieron que el movimiento ininterrumpido y de forma periódica era igual que el inmovilismo anterior a su intervención.

Así fue cuando Jeonu i Jacuiek llevaron el desorden, un inicio y un final al Mundo. Jacuiek rompió el circulo eterno de Ieago convirtiéndolo en un espiral y Jeonu llenó a las criaturas de pasiones, sentimientos, virtudes y sobretodo de objetivos, motivos y ambiciones. Los patrones eran continuamente alterados en la rueda del destino de forma imprevisible y autónoma, aunque Ieago no terminó de aceptar que sus Ideas fueran alteradas con el paso del tiempo por las criaturas mismas, los Dioses dieron por terminada su obra y se alejaron por contemplarla.

Pero cuando volvieron a su espacio se encontraron rodeados de la Oscuridad primigenia y no pudieron ver el mundo, y así fue como Kes observó un mundo lleno de posibilidades sumido en la violencia y a las pasiones sin fin y para dar un último significado a la creación de los dioses dotó a los hombres de inteligencia y de la capacidad de crear, de esta manera podrían contemplar la grandeza de la creación y serían libres y únicos responsables del destino de ésta.

Regaló a los hombres y a los Dioses el Sol como símbolo de la nueva era y los dioses se retiraron a la contemplación de su obra. Leineïe, quizás por no ser la única sin aportar nada al Mundo cedió una pizca de su esencia a Faraland, creando la magia y el vínculo con los dioses.

La Era de los Conflictos

Los años barrieron la faz de Faraland bajo la mirada de los dioses y el Sol. Los hombres crearon una gran ciudad de plata en el monte Icaro, el primer monte que creó Taoggie y donde Ieneïe hizo brotar su primer río. Tan alto era el risco, que cuando el sol le pasaba por encima doraba la ciudad con su luz volviéndola de oro durante el día. Llevaron las esencias de los dioses que allí no se encontraban para adorarlos y seguir sus enseñanzas:

En el gran monte de Taoggie y la primera fuente de Ieneïe las fuertes corrientes de Iegao acariciaban con fuerza los muros de La Ciudad Alta. Llevaron allí el Gran Árbol de Padie, la Llama primigenia de Jeonu y el último aliento de Jacuiek que guardaron dentro del Icaro. Todo ello gracias a la chispa de Lienaïe que los humanos habían aprendido a moldear.

Mientras los Altos hombres vivían alejados del mundo, adorando a los dioses, buscando cerrar el espiral de Ieago para conseguir la perfección, el mundo a sus pies olvidó a sus antiguos dioses.
Mientras los Altos hombres siguiendo la senda de Kes dominaban el conocimiento y la suerte de todas las cosas, los humanos de la llanura desaprendieron aquello que sabían y empezaron a generar sus propios cultos, adorar a espíritus o convirtiéndose en hechiceros sin adorar a Lienaïe llegando al punto de inventar complejos mitos e historias de Faraland y su origen.

Tal fue la ira de los dioses al sentirse olvidados, que crearon protectores de sus esencias y los enviaron junto a sus avatares para exterminar a los hombres de Faraland. Y así empezó el auge de la Era de los Conflictos.

La Guerra entre hombres y dioses

(Maata, Borín, Razael, Arglindel, Inwë, Bahat, Jaok.)

Los vengadores de los dioses cayeron sobre los hombres como un zapato sobre una mosca, fueron años muy oscuros para la humanidad, que fue masacrada sin compasión alguna.

Cuando las noticias llegaron a la Ciudad Alta, los más sabios, nobles y fuertes de entre ellos se reunieron en consejo. Decidieron abrir sus puertas y descendieron para liberar a los hombres y recordarles su fe, lucharon contra los avatares para ganarse la redención, la suya y la de los suyos, así nació la nobleza.

Estos fueron de entre los hombres los Héroes, y aquí son escritos juntos a los dioses que tomaron por ejemplo:

Gornak el primero en caer (Taoggie)

Anduriel lagrimas de plata (Ieneïe)

Kiara la del último aliento (Padie)

Redgar Puño de Hierro (Ieago)

Baldwin la llama imperecedera (Jeonu)

Morkar la sombra errante (Jacuiek)

Larnon Portador de Evendil (Kes)

Grandes fueron las penalidades de estos tiempos, los dioses arrasaban con furia y los hombres luchaban sin nada a perder. Uno a uno los héroes de entre los hombres desempeñaron su papel en la cruenta contienda.

Gornak, siempre era el primero a entrar en combate, llenando de fuerza el corazón de los que temían al enemigo, con su gran hacha a dos manos. Gornak fue el primero en morir, muchos enanos llevan hachas en su honor.

Morkar fue taimado, astuto, sereno, voraz y falto de escrúpulos…Repartió muerte por donde posó su mirada desapareció en su último combate, junto a Razael el gran lugarteniente de Jacuiek.

Kiara, amaba a Arglindel con todas sus fuerzas, y fue con ellas con las que le combatió. La admiración en el combate era mutua, pero Arglindel no sabía contra quien luchaba, pues Kiara siempre llevaba su armadura que la cubría.

En el último combate, Arglindel disparó su arco en el único hueco que encontró, clavándose en el cuello de Kiara al mismo tiempo que rompía la cinta de cuero que le ataba el casco. Kiara cayó al suelo con sonoro estrepito mientras su casco se deslizó y descubrió su cara y sus largos cabellos rubios, Arglindel se enamoró al momento de su belleza y descubrió que ya hacía tiempo que no dejaba de pensar en ella, Arglindel se arañó la cara, gritó, lloró… Pero nada de esto le sirvió para que ella no exhalara su último suspiro, lleno de compasión, amor y paz. De sus labios brotó el deseo de paz que más tarde hallarían hombres y dioses.

Es por eso que los elfos evitan cubrirse la cara y suelen vestir solo las prendas más imprescindibles.

Baldwin nunca dejó de luchar mientras hubo guerra, incluso mientras ardía por las llamas de Bahat, con un último esfuerzo logró herirle el ojo derecho. Es por eso que sus descendientes son negros y viven en constante movimiento por las tierras que asoló Bahat quemados por el sol.

Larnon, portador de Evendil consiguió alcanzar la paz mediante su sacrificio, como símbolo de paz rompió su espada Evendil en dos, y envió sus dos trozos a sus hijos, Larnathorn y Larnatorn. Y como pago dio su vida por la de los hombres sacrificandose para evitar más muertes.

Este momento es conocido por todos como la paz de Anduriel, pues ella le amaba y lloro amargamente la muerte de Larnon. Juró salvaguardar la paz y pidió a los dioses que le dejaran subir al cielo para poder estar cerca de él. En ese momento se convirtió en la luna blanca y sus siete lagrimas (una por cada héroe) se convirtieron en estrellas que siguen su estela.

Una vez terminó la guerra Redgar no permitió relajarse y siguió su perfeccionamiento en las montañas del norte esperando que llegara el día en que los hombres volvieran a necesitarle.

La Guerra de los dioses

Con la paz, los dioses volvieron a alejarse del mundo dejando sus avatares y sus protectores en él para que los hombres no los olvidaran. De entre sus mejores protectores, cada uno de los avatares había nombrado siete lugartenientes. Pero al final de la guerra entre los hombres muchos ya habían muerto.

Los avatares habían venido al mundo a luchar y la paz los desconcertó en gran manera, no se sabe quién fue el primero, pero defendiendo los derechos y poderes de sus dioses empezaron a pelearse entre ellos, esta edad fue conocida como la guerra de los dioses.

Borin, que había perdido a todos sus lugartenientes en la guerra contra los hombres se fundió con la tierra para defenderla desde dentro. Sus enanos le siguieron viviendo en túneles y cuevas, siempre atentos, a las necesidades de su avatar, pues si Borin muriera, la tierra lo haría con él y el mundo con la tierra.

Todos los dioses guardan en su esencia una parte bélica y los lugartenientes que la representaban lucharon con saña durante esos tiempos cambiando la faz de Faraland durante los combates.

Los avatares de Jacuiek no dejaron de luchar hasta su muerte. En una despiadada lucha contra los lugartenientes de Arglindel maldijeron una parte del Bosque de Arglindel y salaron el agua del mar.

Las desgracias que llegaron a producirse fueron tantas que Lienaïe que no se había pronunciado en todo este tiempo llevó al mundo a Ielu diosa del amor y la belleza y con ella, apaciguó a los pocos avatares que quedaban.